El juicio por el crimen del juez Héctor Agustín Aráoz no tiene antecedentes en Tucumán. Un magistrado asesinado de nueve balazos y con cinco policías imputados de distintos delitos en el caso no es algo, incluso, que se vea en cualquier parte del mundo. Por eso la relevancia de las audiencias que están llevando adelante los miembros de la sala I de la Cámara Penal. Y por eso el cuidado que debe tenerse al analizar cada una de las pruebas. No sólo está en juego la verdad, el esclarecimiento de un caso tortuoso, sino la libertad de cinco personas, el bien más preciado de cualquier ser humano después de la vida.

Lo que no se entiende, entonces, es cómo se puede permitir que durante casi dos jornadas, madre e hijo, disimulen y se rían del tribunal. La declaración de Matías Villafañe entró por el ojo de la cerradura al juicio. Uno de los imputados, el ex oficial Andrés Fabersani, hizo una "investigación" paralela y encontró al changarín, que contó una versión a todas luces alucinada: a Aráoz lo mató Ema Gómez de nueve balazos en medio de un asado en el que había 15 personas, y ninguna se enteró de nada, o entre todas fabularon para encubrir el asesinato de un juez. Increíble. Primero se pretendió hacer legal esta declaración con un escribano público, y luego se pidió que se le permitiera hablar a Villafañe como testigo nuevo. Y los jueces, para no vulnerar el derecho de defensa, accedieron. Pero es imposible darle credibilidad a una hipótesis que a los cinco minutos de conocida se caía a pedazos. Y pasaron más de 11 horas entre Villafañe y su madre para defender lo indefendible. Así el juicio se estira y los jueces y las propias partes pierden concentración. Algo que deben tener muy clara nada más ni nada menos que para discernir cómo y quienes, y tal vez por qué, mataron a un juez de la provincia